lunes, 6 de marzo de 2017

Fences de Broadway a Hollywood





La original obra de teatro escrita por August Wilson ha sido llevada a la pantalla grande por el famoso actor Denzel Washington. Quien apasionado por la historia que ha interpretado en Broadway, se decidió a producir, dirigir y estelarizar su adaptación al cine. La puesta en escena ganó el Pulitzer  y los premios Tony a mejor actor, actriz (Washington y Davis respectivamente) y a mejor reposición de una obra. Dicho éxito logró convencer al histrión de que Fences debía de estar al alcance de todos, de éste modo –y no sin un poco de lucha- obtuvo el presupuesto de 24 millones de dólares para la producción de la película homónima.

Troy Maxson es un ex jugador de beisbol de la Negro League, trabaja como recogedor de basura en el Pittsburg de los años 50, con un deseo de crecimiento que el mismo contexto social no se lo permite.  Teniendo como único fin mantener a su familia, la vida de Troy se ve interrumpida por los sueños deportistas de su hijo Cory y por la llegada de una hija ilegítima; sucesos que pondrán a prueba su temple y honor.
Lo que empieza como una historia aparentemente sencilla acaba hablando de temas tan terriblemente complejos como la muerte, la felicidad, el amor y la lealtad.

Todos y cada uno de éstos son abordados desde la perspectiva más café posible. Y cuando hago mención del café no sólo me refiero a la paleta de color de la película, sino que el gran mérito del guión cinematográfico -y por ende del fallecido maestro Wilson- es que ningún personaje puede ser considerado completamente blanco o negro. La complejidad con la que son presentados es tan realista, que es imposible juzgar su actuar, y por ende inasequible lograr una clasificación de los personajes. Con el pasar de los minutos en pantalla tu opinión sobre Troy, su esposa, y sus hijos mutará de forma inevitable. Viola Davis logra transmitir una cantidad infinita de emociones con una naturalidad que resulta abrumadora, mientras Washington logra articular un hombre con mil fantasmas y una amiga mortal.

Sin embargo, toda esta hermosa profundidad no logra ser explotada en la técnica audiovisual –Entiéndase todos los aspectos técnicos: Fotografía, sonido, edición, etc.- Ya que, a pesar de su buena realización, no hay una propuesta mayor, mas que el uso de una paleta de color monocromática que refleja el inevitable estancamiento de los personajes en ésta lucha contratiempo con la muerte.

En conclusión, Fences es una historia valiosa con personajes complejos e interesantes, que nos logran cautivar y repeler con su cruel humanidad. Y a la vez, la prueba fehaciente de que la mejor adaptación no es la que resulta idéntica a su obra primigenia.




miércoles, 1 de marzo de 2017

Moonlight - La Ganadora Oficial.



Tras el enorme error sucedido en la última premiación de la Academia; donde La La Land fue erróneamente premiada para luego dar paso a la verdadera ganadora: Moonlight. Película que analizaremos a continuación.

Chiron es un pequeño niño que vive en el gueto de Miami, hostigado por sus compañeros de escuela y maltratado por su madre. El pequeño con tendencias homosexuales debe de forjar su propio camino a través de la aceptación y reconocimiento propio.

La historia es dividida en tres claros actos. Little, Chiron y Black, cada una marcado no solamente por el rango de edad del personaje principal, sino también por el estado de autoconocimiento por el que está pasando. Ésta última característica es lo que hace verdaderamente interesante la obra. El género del filme es un melodrama con pinceladas de pieza, por lo que se nos permite ahondar en el personaje más allá de sus infortunios, generando un Chiron tan palpable que inevitablemente le tomas aprecio.

Todo aspecto técnico de la película, toma el punto subjetivo de Chiron, explotándolo al punto en el que podemos comprender la mente del joven a través de un sonido metadiegético que logra representar el aislamiento del personaje y la inevitable abstracción que genera su situación. En un caso podemos ver a la madre de Chiron gritando, pero nunca la escuchamos, al menos no hasta que Chiron verdaderamente la escucha; hasta ese instante es cuando podemos oír a la madre reclamarle la falta de atención. El sonido juega junto con la fotografía neón para lograr la sensación de inestabilidad interna de nuestro personaje. Las luces titilantes y fluorescentes logran generar una intranquilidad y una tensión visual digna de acompañar las oscuras miradas de los personajes que son sincronizadas con la cámara subjetiva en la que los actores ven directamente al espectador, como si fuese un inevitable cómplice.

Todo esto es aderezado por la suave música de Nicholas Britell, que generando una antítesis con el realismo de la imagen logra que la violencia sea exaltada con una delicadeza verdaderamente efectiva.

No queda duda alguna que Barry Jenkins logra generar un discurso verdaderamente humano acompañado de una propuesta estética congruente e innovadora. Una película digna de verse, y un director digno de ser escuchado.



jueves, 23 de febrero de 2017

¿Por qué La La Land merece el Oscar?




Desde los inicios del cine – el año 1895, para ser exactos-, se intentó brindar una mayor profundidad a las imágenes en movimiento. En un principio, las vistas – pequeños fragmentos documentales de la vida diaria – emprendidas por los hermanos Lumière, tenían la preocupación de mostrar lo que sucedía en la vida diaria. Posteriormente, George Méliès llegó a aderezar las imágenes en movimiento con fantasía, historias creativas –con una clara estructura-  y los –en ese entonces- neófitos pero aún así,  maravillosos efectos especiales. Méliès realizó todo esto con un solo fin: Crear sueños palpables.

Ciento quince años después llega la tercera película de Damien Chazelle  -Así es Whiplash (2014) no fue su ópera prima, sino Guy and Madeline on a Park Bench (2009) -, titulada La La Land. La película cuenta con tal encanto, que es imposible que los espectadores no salgan enamorados de la sala de cine. Y no es para menos, somos consientes de que quizá La La Land no es perfecta en todo aspecto, pero, a pesar de tener unos salpicados bemoles cumple un propósito que el séptimo arte ya había olvidado: Nos hace soñar.

Hace que el espectador crea en la magia, y no se cuestione la verosimilitud de un millón de libertades creativas: cambios gravitacionales, fragmentación de espacios e inclusive un baile en el cosmos. La La Land hace que por dos horas y ocho minutos todo sea posible para sus espectadores, que su corazón brinque con cada paso de tap y se rompa con esas miradas de amor imposible; todo para que al final los aplausos a la obra no puedan ser retenidos.
En estos tiempos, donde el odio y la violencia son omnipresentes ¿Acaso hay un mayor mérito que cumplir uno de los primeros grandes propósitos del cine? La La Land nos instiga a soñar, y después de todo, como diría la canción de Mia…


“Here's to the ones who dream”